Una noche tranquila y somnolienta daba paso a una mañana gris, más oscura de lo habitual, mirando hacia la ventana sentí la humedad en el ambiente y la escasa claridad que la penetreba detallaba que el sol, hoy no iba a estar de guardián de los cielos.
Una vez la família se puso en marcha y realizó los rituales matinales de cada día nos dispusimos a salir, para disfrutar de nuestro paseo matutino. Tengo que confesar, que soy un poco picarona. Cuando oigo que abren el cajón para hechar mano a las correas, me hago la sueca, y me voy a la otra punta del comedor, dando a entender como que no quiero que me pongan eso. Pero nada más lejos a la realidad, es que me encanta ver las caritas y oir esas vocecitas que me ponen para que me acerque como restándole emportacia al hecho. Y yo claro, tengo que disimular la risa, pero no lo puedo remediar, dejo que me enfunden dentro de mi arnés de color azul celeste y listos para pasear.
Si, el ambiente era más frío que el de los últimos días, nada más salir mi cuerpecito se estremeció, para regular mi temperaturra corporal. El cielo era gris oscuro y un viento frío movía mis orejitas cual hojas otoñales bailando al compás de mis pasitos. Nos dirijimos a la parte de atrás del complejo. Me gusta estar ahí ya que en ese trozo, podemos correr libres juguetear entre las flores, oler miles de sensaciones y jugar si se tercia, con algún amiguito vecino. Estando yo absorta en es mundo de colores y fragancias, sentí una presión fría muy diminuta, en la parte superior de mi orejita. Un movimiento rápido de cabeza hacia la derecha para ver quien o que había sido, cuando de sorpresa , sentí de nuevo esa leve presión fría, como un pinchacito húmedo en mi otra oreja.

